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jueves, 27 de enero de 2011

Los perros de Tindalos

Los perros de Tindalos.
The hounds of Tindalos, Frank Belknap Long.

Me alegro de que hayas venido -dijo Chalmers.

Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular. Quitó, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.

-Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee -dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo.

En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno. Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo:
-Estamos llegando ahora a la conclusión de que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.

-Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy -repuse, con un leve gesto de impaciencia.
-No -contestó-. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.
-¿Y qué me dice usted de Einstein? -pregunté.
-¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes!
- murmuró con respeto-. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar.
-Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.
-¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre.
-Déles usted un margen de tiempo.
Los ojos de Chalmers despidieron chispas:
-Amigo mío -murmuró-, acabas de hacer un juego de palabras verdaderamente sublime. ¡Deles usted un margen de tiempo! Yo se lo daría encantado, pero precisamente cuando les hablas de tiempo, los modernos biólogos se echan a reír. Poseen la llave, pero se niegan a utilizarla. ¿Qué sabemos del tiempo? Einstein lo considera relativo y cree que se puede interpretar en función del espacio, de un espacio curvo. Pero no hay que quedarse ahí detenido. Cuando las matemáticas dejan de prestarnos su apoyo, ¿acaso no se puede seguir adelante a base de... intuición?
-Ese es un terreno muy resbaladizo. El verdadero investigador evita siempre caer en esa trampa. Por eso avanza tan despacio la ciencia moderna. Sólo admite lo que es susceptible de demostración. Pero usted...
-Yo, ¿sabes lo que haría? Tomar hachís, opio, todas las drogas. Yo imitaría a los sabios orientales y acaso así consiguiera...
-¿Consiguiera qué?
-Conocer la cuarta dimensión.
-¡Eso es pura teosofía, una estupidez!
-Puede que sí, pero estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.
-¿Una nueva droga?
-Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.
-No comprendo qué quiere usted decir.
-El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.
-Creo que empiezo a comprender -murmuré.
-Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.
-¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?
-Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver -sus ojos lanzaron extraños destellos-. Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.

Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea una cajita cuadrada.

-Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.
-Fantasías -comenté.
-Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.
-¿Y cuál será mi misión?
-Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.
-Chalmers -dije-, este experimento no me gusta nada. Va a correr usted un peligro terrible. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas.
-Para mí no es desconocida -repuso-. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel -me enseñó el diagrama que tenía sobre las rodillas- y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba. Así mis conocimientos matemáticos y mi aproximación consciente a la cuarta dimensión complementarán la pura acción de la droga. En mis sueños ya he conseguido captar muchas veces la cuarta dimensión en forma intuitiva y emocional, pero en estado de vigilia no he sido después nunca capaz de recordar el resplandor oculto que me era revelado momentáneamente en sueños. Creo, sin embargo, que con tu ayuda podré hacerlo esta vez. Tu anotarás todo lo que diga durante mi trance, por muy extraño e incoherente que te parezca. A mi regreso espero poder proporcionarte la clave de todo lo que no hayas entendido. No estoy seguro de mi éxito, pero, si lo tengo -sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor-, ¡el tiempo ya no existirá para mí!

De pronto, se sentó.

-Voy a hacer el experimento ahora mismo. Ponte, por favor, junto a la ventana y no dejes de vigilarme. ¿Tienes pluma?
Asentí hoscamente y saqué mi pluma Waterman verde claro del bolsillo superior de la chaqueta.
-¿Y has traído algo donde escribir, Frank?
De mala gana saqué una agenda.
-Insisto enérgicamente una vez más en que no apruebo este experimento -gruñó-. Va a correr usted un peligro terrible.
-¡No seas niño! -agitó un dedo ante mí-. Estoy decidido a hacerlo a pesar de todo lo que me digas, y además a hacerlo ahora mismo. Por favor, estate en silencio mientras medito sobre estos diagramas.

Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho. De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó. Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.

-El reloj se ha parado -murmuró-. Las fuerzas que lo gobiernan aprueban mi experimento. El
tiempo se detuvo y yo tomé la droga. ¡Dios mío, haz que no me extravíe!

Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe, y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.

-Comienzan las tinieblas -murmuró-. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente.

Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas.

-Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto.
Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos.
-¡Dios mío! -exclamó-. Veo.

Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.

-¡Chalmers! ¡Chalmers! ¿Le despierto?
-¡De ninguna manera! -aulló-. ¡Veo todo! Ante mí veo los billones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de la Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Tiemblo de respeto y de pavor cuando flamean los gigantescos estandartes y el suelo trepida bajo el paso de los hastati victoriosos. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se postrernan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: "¡Ave César!". Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido!

…Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus. Me arrodillo, en adoración, ante la Magna Mater y arrojo monedas al regazo de las prostitutas sagradas que, con el rostro velado, esperan en los Jardines de Babilonia. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo El Mercader de Venecia. Paseo con Dante por las estrechas callejuelas de Florencia. Mientras contemplo, arrobado, a la joven Beatriz, la orla de su vestido roza mis sandalias. Soy sacerdote de Isis y mis poderes mágicos asombran al mundo. A mis pies se arrodilla Simón Mago, implorando mi ayuda, y el Faraón tiembla ante mi sola presencia. En la India hablo con los Maestros y huyo horrorizado, pues sus revelaciones son como sal en una herida sangrante. Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los billones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente. Mediante un pequeño esfuerzo soy capaz de contemplar pasados cada vez más lejanos. Ahora me remonto hacia el mismo origen, a través de curvas y ángulos extraños. A mi alrededor se multiplican los ángulos y las curvas. Hay grandes sectores de tiempo que los percibo a través de curvas. Existe un tiempo curvo y un tiempo angular. Los moradores del tiempo curvo no pueden penetrar en el tiempo angular. Todo es muy extraño.

…Sigo retrocediendo cada vez más. De la tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas. Las formas que veo son cada vez más simples. Ahora los únicos seres vivos son células. A mi alrededor hay cada vez más ángulos, ángulos totalmente ajenos a la geometría humana. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre…

Seguí sin perderle de vista. Chalmers se había levantado y gesticulaba como pidiendo ayuda. Al poco volvió a hablar:

-Atravieso ángulos ajenos al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.
-¡Chalmers! -exclamé-. ¿Quiere usted que intervenga?

Se llevó la mano al rostro, como para no ver una visión indeciblemente espantosa. Pero dijo trabajosamente:

-¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver... lo que hay... aún más allá...

Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.
-Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.

En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí de par en par. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.

-¡Me han olido! -lanzó un alarido-. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!
Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo. En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.

-¡Chalmers! -grité-. ¡Chalmers, basta ya! Basta
ya, ¿me oye?
Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le cogí por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia.

-¡Chalmers! -murmuré-. Basta ya. Está usted en su habitación. Nada malo le puede suceder. ¿Comprende?

A fuerza de sacudirle y de hablarle, logré que la expresión de locura fuera desapareciendo de su rostro. Tembloroso y convulsivo, quedó como un grotesco montón de carne en el centro de la alfombra china. Le ayudé a caminar hasta el sofá y a tumbarse en él. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta de que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.

-Whisky -murmuró-. Está ahí, en el mueblecito, junto a la ventana, en el cajón superior de la izquierda.

Cuando le alcancé la botella, la asió con tal fuerza que los nudillos se le pusieron azules.
-Casi me cogen -dijo entrecortadamente.
Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.
-Esa droga -dije- es el diablo en persona.
-No era la droga -gimió.
Su mirada ya no era de loco. Ahora daba impresión de un profundo desaliento.
-Me han olido a través del tiempo -susurró-. He llegado demasiado lejos.
-¿Cómo eran? -pregunté para seguirle la corriente.
Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.
-¡No hay palabras para describirlos! -murmuró roncamente-. Han sido vagamente simbolizados en el Mito de la Caída y en cierta forma obscena que a veces aparece grabada en algunas tablillas arcaicas. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz.

Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:
-¡Frank! ¡Frank! ¡En el comienzo se consumó un acto terrible e inmencionable! Antes del tiempo, el acto, y después del acto...
Comenzó a andar histéricamente por la estancia.
-Las consecuencias del acto se mueven a través de ángulos en los oscuros recodos del tiempo. ¡Tienen hambre y sed!
-Chalmers -intenté razonar-, ¡estamos en el tercer decenio del siglo XX!
Pero él siguió ululando:
-¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!
-Chalmers, ¿quiere usted que llame a un médico?
-Ningún médico puede ayudarme. Son horrores del alma y, sin embargo -ocultó la cara entre las manos-, son reales, Frank. Los vi durante un momento horrible. Durante un instante he llegado a estar al otro lado. Me encontré en una ribera lívida, más allá del tiempo y del espacio. Había una luz espantosa que no era luz y un silencio hecho de aullidos, y allí los vi. En sus cuerpos flacos y famélicos se concentra todo el Mal del universo. En realidad no estoy seguro de que tuvieran cuerpo: sólo los vi un instante. Pero los he oído respirar. Durante un momento indescriptible sentí su aliento en mi cara. Se volvieron hacia mi y huí dando alaridos. En un solo instante huí a través de millones de siglos. Pero me han olido. Los hombres despiertan en ellos un hambre cósmica. Hemos escapado momentáneamente del aura impura que los rodea. Tienen sed de todo lo que hay limpio en nosotros, de todo lo que emergió inmaculado de aquel acto. En nosotros hay elementos que no participaron en el acto y ellos los aborrecen. Pero no te imagines que son literal y prosaicamente malos. En el plano donde habitan no existen el bien y el mal tal como nosotros los concebimos. Son lo que, en el principio quedó desprovisto de pureza para siempre jamás. Al cometer el acto, se convirtieron en cuerpos de muerte, en receptáculo de toda impureza. Pero no son malos en el sentido que nosotros damos a esta palabra, porque en las esferas en que se mueven no existe pensamiento ni moral ni bueno ni malo. Allí sólo existen lo puro y lo impuro. Lo impuro se expresa en ángulos; lo puro, en curvas. El hombre, o mejor dicho, lo que hay en él de puro, procede de lo curvo. No te rías. Hablo completamente en serio.

Me levanté para irme. Mientras iba hacia la puerta, dije:
-Me da usted mucha pena, Chalmers. Pero no estoy dispuesto a oírle delirar. Le enviaré a mi médico. Es un hombre de edad, muy comprensivo, y no se ofenderá aunque usted lo mande al diablo. Pero confío en que siga usted las indicaciones que le dé. Se pasa usted una semana descansando en buen sanatorio y verá qué bien le sienta.
Mientras bajaba las escaleras le oí reír. Era una risa tan desprovista de alegría que me hizo llorar.

II.
Cuando Chalmers me telefoneó a la mañana siguiente, mi primer impulso fue colgar inmediatamente el receptor. Me llamaba para pedirme algo tan insólito, y tan anormalmente alterada estaba su voz, que temí por mi propia cordura si seguía adelante con este asunto. Pero no pude dejar de percibir la sinceridad de su angustia, y cuando se le quebró la voz y comenzó a sollozar, decidí acceder a su petición.

-De acuerdo -dije-, ahora mismo voy y le llevo la escayola.
De camino hacia casa de Chalmers, me detuve en una droguería y adquirí diez kilos de escayola.
Al entrar en el cuarto de mi amigo, le vi agazapado junto a la ventana, contemplando la pared de enfrente con ojos enfebrecidos por el terror. Cuando me vio entrar, se puso en pie y me arrebató el paquete de la escayola con una avidez que me puso los pelos de punta. Había sacado todos los muebles de la estancia, la cual presentaba ahora un aspecto absolutamente desolado.

-¡Aún podemos salvarnos! -exclamó-. Pero tenemos que actuar rápidamente. Frank, hay una escalera plegable en el vestíbulo. Tráela inmediatamente. Y ve a buscar también un cubo de agua.
-¿Para qué? -murmuré atónito.
Se volvió vivamente hacia mí y vi un relámpago de ira en sus ojos.
-¿Para qué va a ser, so bobo? ¡Para hacer la masa con la escayola! -gritó, fuera de sí-. Para hacer la masa que nos salvará el cuerpo y el alma de una contaminación indecible. Para hacer la masa que salvará al mundo de un peligro... ¡Frank, tenemos que cerrarles las puertas!
-¿A quiénes? -pregunté.
-¡A los Perros de Tíndalos! -exclamó-. Sólo pueden llegar hasta nosotros a través de ángulos.
¡Eliminemos todos los ángulos de la habitación! Voy a poner escayola en todos los ángulos, en todos los rincones, en todas las hendiduras. ¡La habitación quedará como el interior de una esfera!

Habría sido inútil discutir con él. Le llevé la escalera. Chalmers mezcló la escayola con el agua y estuvimos trabajando durante tres horas. Tapamos las cuatro esquinas de la pared y también las intersecciones de ésta con el suelo y el techo. Por último, redondeamos los duros ángulos de la ventana.

-Ahora me quedaré en esta habitación hasta que se vayan -dijo Chalmers cuando hubimos dado fin a la tarea-. Al darse cuenta de que el olor que siguen les obliga a atravesar curvas, se volverán. Se volverán, hambrientos, frustrados, insatisfechos, al plano de impureza de donde proceden, anterior al tiempo y más allá del espacio.

Sonrió afablemente y encendió un cigarrillo.
-Te agradezco mucho que hayas venido.
-¿Sigue usted sin querer ver a un médico? -rogué.
-Quizá mañana -repuso-. Ahora tengo que vigilar y esperar.
-¿Esperar qué? -apremié.
Chalmers sonrió débilmente.
-Tú crees que estoy loco -dijo-; me doy cuenta perfectamente. Eres inteligente, pero también eres muy prosaico y no puedes concebir la existencia de ninguna entidad independiente de toda energía y de toda materia. Pero, mi querido amigo, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que la energía y la materia son las barreras que el tiempo y el espacio imponen a nuestra percepción? Sabiendo, como yo sé, que el tiempo y el espacio son lo mismo y que son engañosos porque ambos no son sino manifestaciones imperfectas de una realidad superior, no tiene sentido buscar en el mundo visible ninguna explicación del misterio y del terror del ser.

Me levanté y me fui hacia la puerta.
-Perdona -exclamó-. No he querido ofenderte. Tienes una gran inteligencia, pero yo tengo una inteligencia sobrehumana. Es natural que yo sea consciente de tus limitaciones.
-Telefonéeme si me necesita -dije, y bajé las escaleras de dos en dos-. «Ahora sí que le envío a mi médico -me iba diciendo a mí mismo-. Está loco de remate y sabe Dios lo que puede pasar si no se ocupa alguien inmediatamente de él.»

III.
Resumen de dos artículos publicados en la Patridgeville Gazette del 3 de julio de 1928:
TEMBLOR DE TIERRA EN EL CENTRO DE LA CIUDAD

A los dos de la madrugada de hoy, un violento terremoto ha hecho temblar los barrios céntricos de la ciudad, rompiendo varias ventanas en Central Square y causando graves daños en el tendido eléctrico y en las instalaciones de la red tranviaria. En los barrios periféricos también fue observado el fenómeno resultando completamente derruido el campanario de la iglesia baptista de Angell Hill, que había sido diseñado por Christopher Wren en 1717. Los bomberos luchan por apagar el incendio que se ha declarado en las naves de la fábrica de neumáticos. El alcalde ha prometido abrir un expediente a fin de determinar responsabilidades si las hubiere.

ESCRITOR OCULTISTA ASESINADO POR VISITANTE DESCONOCIDO
Horrible Crimen en Central Square. Un misterio impenetrable envuelve la muerte de Halpin Chalmers. A las nueve horas del día de hoy fue hallado el cuerpo sin vida de Halpin Chalmers, escritor y periodista, en una habitación vacía situada encima de la Joyería Smithwich & Isaacs, en el número 24 de Central Square. La investigación judicial puso de manifiesto que dicha habitación había sido alquilada amueblada al señor Chalmers el día 1 de mayo último y que el propio inquilino se había deshecho de los muebles hace quince días. El señor Chalmers era autor de varios libros sobre temas de ocultismo. Pertenecía a la Asociación Bibliográfica y anteriormente había residido en Brooklyn (Nueva York).

A las siete de la mañana, el señor L. E. Hancock, inquilino del apartamento situado frente al del Chalmers en el edificio de Smithwich & Isaacs, sintió un olor especial al abrir la puerta para dejar entrar a su gato y recoger la edición matinal de la Patridgeville Gazette. El olor, según afirma, era extremadamente acre y nauseabundo, y tan intenso en las proximidades de la puerta de Chalmers que tuvo que taparse la nariz cuando se aventuró por dicha zona del rellano. Estaba a punto de regresar a su propio apartamento cuando se le ocurrió que acaso Chalmers se hubiera olvidado de apagar el gas de su cocina. Considerablemente alarmado por esta posibilidad, decidió investigar lo sucedido y, comoquiera que nadie contestase sus repetidas llamados a la puerta de Chalmers, avisó al encargado del edificio. Este último abrió la puerta mediante una llave maestra y ambos penetraron en la habitación de Chalmers. La estancia estaba totalmente desprovista de mobiliario y Hancock asegura que, al ver lo que había en el suelo, se sintió enfermo, teniendo que permanecer el encargado y él asomados un rato a la ventana sin mirar atrás.

Chalmers yacía boca arriba en el centro de la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía el pecho y los brazos cubiertos de una especie de gelatina azulada. La cabeza, totalmente separada del tronco, reposaba sobre el pecho y sus facciones aparecían horriblemente retorcidas y mutiladas. No había ni rastro de sangre. La habitación presentaba un aspecto insólito. Todas las aristas habían sido cubiertas de escayola, que en algunos sectores se había agrietado y en otros, desprendido. Los fragmentos de escayola caídos habían sido agrupados en torno al cadáver, formando un triángulo perfecto.

Junto al cuerpo se hallaron varias hojas de papel amarillo casi enteramente consumidas por el fuego. En ellas había dibujado varios símbolos fantásticos y extrañas figuras geométricas y podían leerse diversas frases escritas apresuradamente a mano. Dichas frases, sin embargo, son tan absurdas que no proporcionan la menor pista sobre el posible autor del crimen. He aquí algunas de tales frases: «Vigilo y espero. Estoy sentado junto a la ventana y vigilo las paredes y el techo. No creo que lleguen hasta aquí, pero debo tener cuidado con los Doels porque acaso puedan ayudarles a pasar.

También los ayudarán los Sátiros y éstos pueden avanzar a través de los círculos purpúreos. Los griegos sabían cómo impedirlo. Es lamentable que hayamos olvidado tantas cosas...»

En otro papel, en el más quemado de los siete u ocho fragmentos recogidos por el Sargento Detective Douglas (de la Policía de Patridgeville), había garrapateado lo siguiente:

«¡La escayola se cae! La ha agrietado una vibración terrible. ¡Un terremoto parece! No podía preverlo. Se va yendo la luz de la habitación. Telefonear a Frank. ¿Pero llegará a tiempo? Debo intentarlo. Recitaré la fórmula de Einstein. ¿Voy a Romper! ¡Están pasando! ¡Consiguen atravesar! Sale humo de las esquinas de la pared sus lenguas…

A juicio del Sargento Detective Douglas, Chalmers ha muerto envenenado por algún desconocido producto químico. La policía ha enviado muestras de la extraña gelatina azul que cubría el cuerpo de Chalmers al Laboratorio Químico de Patridgeville y confía en que el informe correspondiente arroje alguna luz sobre este crimen, el más misterioso de los últimos años. Se sabe que Chalmers tuvo un visitante la noche anterior al terremoto, pues su vecino oyó sin lugar a dudas, al pasar ante su puerta, rumor de conversación. El principal sospechoso es, pues, este desconocido visitante, cuya identidad la Policía se esfuerza afanosamente por averiguar.

IV.
Informe del doctor James Morton, químico y bacteriólogo:
Señor Juez de Instrucción: la sustancia semilíquida que usted me remitió para su estudio es la
más extraña que he analizado en mi vida. Presenta ciertas analogías con el protoplasma, pero en ella no se encuentran ni aun indicios de enzimas. Las enzimas son catalizadores de las reacciones químicas que se producen en el seno de la célula viva. Cuando las células mueren, las enzimas las desintegran mediante hidrólisis. Sin enzimas, el protoplasma poseería una vitalidad prácticamente infinita, es decir, sería inmortal. Las enzimas, por así decir, son los elementos negativos del organismo unicelular, que constituye la base de la vida, y, en opinión de los biólogos, sin ellas no puede existir materia viva. Y, sin embargo, tales cuerpos indispensables se hallan ausentes de la gelatina viva que usted me remitió. ¿Se da usted cuenta del significado que puede tener este descubrimiento para la ciencia?

V.
Fragmento de un manuscrito titulado «Los que velan en silencio», original del fallecido Halpin Chalmers:

…¿Y si existiese otra forma de vida paralela a la que conocemos, pero carente de los elementos que destruyen la nuestra? ¿Y si en otra dimensión existe una fuerza diferente de la que genera nuestra vida? ¿Y si esta fuerza emite una energía, que, procedente de su dimensión desconocida, consigue alcanzar nuestro espacio-tiempo y crear en él una nueva forma de vida celular? Cierto es que no se puede demostrar que tal forma nueva de vida exista en nuestro universo, pero yo he visto sus manifestaciones y he hablado con ellas. De noche, en mi habitación, he hablado con los Doels. Y en mis sueños he contemplado a su Creador. Lo he visto en lejanas riberas, más allá del tiempo y la materia. Se mueve a través de curvas extrañas y de ángulos alucinantes. Algún día viajaré en el tiempo y me enfrentaré con él cara a cara.

Frank Belknap Long.

La Mujer Loba

La Mujer Loba.
The Werewolf of the Hartz Mountains
; Frederick Marryat (1792-1848)

I.
Antes del mediodía Philip y Krantz habían embarcado. No tuvieron dificultades en mantener el curso, pues las islas durante el día y las estrellas por la noche eran su brújula. Cierto que no siguieron la ruta más directa, pero si la más segura, aprovechando las aguas calmadas. En muchas ocasiones los persiguieron los praos malayos que infestaban las islas, pero hallaron seguridad en la rapidez de su breve embarcación; a decir verdad, y hablando de lo que ocurría en general, los piratas abandonaban la caza en cuanto notaban la pequeñez del velero, pues suponían obtener de él muy poco o ningún botín. Una mañana, mientras navegaban con menos viento del acostumbrado, Philip observó:

-Krantz, dijiste que en tu vida hubo sucesos que corroboran el misterioso relato que te confié. ¿No me dirás a qué te referías?
-Desde luego -respondió Krantz-. A menudo pensé hacerlo. Ésta es una buena oportunidad. Prepárate a escuchar una historia extraña, quizás tan extraña como la tuya. Doy por hecho que has oído hablar de las montañas Hartz.
-Nunca oí hablar de ellas -respondió Philip- pero sí leí sobre ellas en algún libro, y de las extrañas cosas allí ocurridas.
-Es una región salvaje -comentó Krantz-, y se cuentan de ella muchos casos; pero por extraños que sean, tengo buenas razones para suponerlos ciertos.

Mi padre no nació en las montañas Hartz; era siervo de un noble húngaro que tenía grandes posesiones en Transilvania; ahora bien, aunque siervo, de ninguna manera era mi padre un hombre analfabeto. Al contrario, tenía riquezas, siendo tales su inteligencia y su respetabilidad, que el amo lo había elevado al cargo de administrador. Pero quien siervo nace siervo permanece, aunque acumule riquezas: ésa era la condición de mi padre. Llevaba casado unos cinco años, y de aquel matrimonio nacieron tres hijos, mi hermano mayor César, yo mismo (Herman) y una hermana llamada Marcela. Como bien sabes, Philip, el latín sigue siendo la lengua que se habla en aquel país, lo que explica la sonoridad de nuestros nombres. Era mi madre una mujer muy bella, por desgracia más bella que virtuosa. La admiró el señor de aquellas tierras, quien envió a mi padre en alguna misión. Durante su ausencia mi madre, halagada por las atenciones y conquistada por la asiduidad del noble, cedió a los deseos de éste. Sucedió que mi padre volvió antes de lo esperado y descubrió la intriga. No había dudas del vergonzoso acto de mi madre ¡pues la sorprendió en compañía de su seductor! Llevado por la impetuosidad de sus sentimientos, mi padre esperó la oportunidad de un nuevo encuentro entre aquéllos, y asesinó a la esposa y al amante.

Consciente de que, como siervo, la ofensa no iba a servirle para justificar su conducta, reunió cuanto dinero pudo y, por encontrarnos entonces en lo más duro del invierno, ató sus caballos al trineo, tomó a sus hijos y partió; se encontraba muy lejos cuando se supo del trágico suceso. Seguro de que lo perseguirían, mantuvo su huída sin descanso hasta ocultarse en el aislamiento de las montañas Hartz. Desde luego, todo lo que te he dicho lo supe después. Mis recuerdos más antiguos están unidos a una cabaña tosca, donde viví con mi padre y mis hermanos. Estaba en los confines de uno de esos bosques que cubren la parte norte de Alemania; tenía alrededor unos cuantos acres de terreno despejado que mi padre cultivaba durante los meses de verano y que, si bien daban una cosecha magra, bastaban para nuestro mantenimiento. En el invierno pasábamos mucho tiempo puertas adentro, pues quedábamos solos mientras mi padre iba de caza, y en esa estación los lobos merodeaban. Mi padre había comprado la cabaña y el terreno circundante de uno de aquellos rudos montañeses, quienes se ganaban la vida en parte cazando y en parte fabricando carbón, cuyo propósito era separar el mineral obtenido de unas minas cercanas; distaba unas dos millas de todo sitio habitado.

Puedo en este momento traer a mi mente aquel paisaje; los altos pinos que montaña arriba se levantaban por encima de nosotros, la amplia extensión del bosque, las copas y las ramas superiores de cuyos árboles mirábamos desde nuestra cabaña, según la montaña descendía hasta el valle. En verano la perspectiva era muy bella, pero en el severo invierno era difícil imaginar un escenario más desolado. Dije que, en invierno, mi padre se ocupaba en la caza. Todos los días nos dejaba, y a menudo atrancaba la puerta, de modo que no pudiéramos abandonar la cabaña. Nadie tenía que lo ayudara o cuidara de nosotros; de hecho, nada fácil era encontrar una sirvienta que aceptara vivir en aquella soledad. Pero incluso de haber encontrado alguna, mi padre no la habría aceptado, pues lo marcaba un horror hacia tal sexo, como lo probaba claramente la diferencia de trato hacia nosotros, sus dos hijos, y hacia mi pobre hermana Marcela. Has de suponer que nos descuidaba; en verdad, mucho sufríamos, pues mi padre, temeroso de que algún daño pudiera ocurrirnos, ningún combustible nos dejaba cuando partía de la cabaña, y por tanto, estábamos obligados a enterrarnos bajo un montón de pieles de oso, y allí mantenernos tan abrigados como era posible. Quizás parezca extraño que mi padre eligiera ese tipo de vida, pero lo cierto es que le resultaba imposible estar tranquilo; fuera el remordimiento por el crimen, la miseria derivada de su cambio de situación o ambos. Pero los niños, cuando tanto se los deja a la soledad, desarrollan una capacidad de reflexión desusada. Así ocurrió con nosotros. Durante los cortos días de invierno nos sentábamos silenciosos, nostálgicos de las felices horas cuando la nieve se derrite y las hojas brotan, cuando las aves comienzan a cantar y nosotros recobrábamos la libertad.

Tal fue el peculiar tipo de vida llevado hasta que mi hermano César cumplió nueve años, siete yo y cinco mi hermana, momento en el cual ocurrieron las circunstancias que sirven de base al relato extraordinario que estoy por contarte.

Un anochecer mi padre regresó a casa más tarde de lo acostumbrado; ninguna fortuna había tenido y, siendo muy severo el tiempo, no sólo tenía frío, sino que venía de muy mal humor. Había traído leña, y nosotros tres ayudábamos con gusto a soplar sobre las ascuas para levantar un buen fuego cuando tomó a la pobre Marcela por un brazo y la apartó de un empellón; la pequeña, al caer, se golpeó la boca y sangró profusamente. Mi hermano corrió a levantarla. Acostumbrada al maltrato, temerosa de mi padre, no se atrevió a llorar, pero sí lo miraba al rostro con suma lástima. Mi padre, tras acercar su banquillo al hogar, murmuró algo criticando a las mujeres, y se ocupó en mantener el fuego, que tanto mi hermano como yo descuidáramos al ver el trato cruel dado a nuestra hermana. Llamas alegres fueron el pronto resultado de sus esfuerzos, pero, en contra de lo acostumbrado, no rodeamos aquel fuego. Marcela, sangrando aún, se apartó a un rincón y al lado de ella nos sentamos mi hermano y yo, mientras mi padre, lúgubre y solitario, se inclinaba sobre la fogata. Media hora llevábamos en aquella posición cuando el aullido de un lobo, cercano a la ventana, llegó a nuestros oídos. Sobresaltado, mi padre tomó su escopeta y salió de la cabaña.

Esperamos, pues pensábamos que si lograba matar al lobo, regresaría de mejor humor; y aunque era duro con nosotros, en especial con mi hermanita, lo amábamos, y gustábamos de verlo alegre. Y bien puedo comentar aquí que jamás hubo tres niños que más se quisieran; a diferencia de otros, no peleábamos ni discutíamos; y si, de casualidad, surgía algún desacuerdo entre mi hermano y yo, la pequeña Marcela corría hasta nosotros y, con besos y ruegos, sellaba entre nosotros la paz. Marcela era una chiquilla cariñosa y amable e incluso me es fácil recordar sus bellos rasgos. ¡Ay, pobre Marcela!

-¿Está muerta entonces? -preguntó Philip.
-¡Muerta! ¡Sí, lo está! Pero ¿cómo murió? Mas no debo anticiparme, Philip. Déjame seguir con mi relato.

Esperamos un tiempo, pero no llegó disparo alguno de la escopeta y mi hermano dijo: -Nuestro padre va en persecución del lobo y no volverá por un rato. Marcela, limpiemos la sangre de tu boca, dejemos este rincón y calentémonos al fuego.

Así lo hicimos, y de esta manera esperamos hasta la medianoche, preguntándonos a cada momento por qué no regresaba nuestro padre. No creíamos que estuviera en peligro, pero sí pensamos que debió haber perseguido al lobo por un largo trecho.
-Me asomaré a ver si padre vuelve- dijo mi hermano César.
-Cuídate, -pidió Marcela- que los lobos deben andar cerca.

César abrió la puerta con cautela y miró fuera. Nada, dijo y se nos unió junto al fuego. -No hemos cenado-, comenté, pues mi padre solía cocinar la carne al volver a casa, y durante sus ausencias no teníamos sino los restos del día anterior.
-Y si nuestro padre vuelve a casa tras la cacería, César -agregó Marcela-, le agradará tener algo que comer; cocinemos para él y para nosotros.

César subió al banquillo y descolgó un trozo de carne, cortamos la cantidad usual y procedimos a aderezarla, tal como lo hacíamos guiados por nuestro padre. Ocupados estábamos poniéndola en la fuente ante el fuego, esperando su llegada, cuando oímos el sonido de un cuerno. Atendimos. Hubo un ruido fuera y un minuto después entró mi padre, acompañado de una joven y de un hombre alto y moreno vestido de cazador. Quizás deba relatar aquí lo que vine a saber muchos años más tarde. Al salir mi padre de la cabaña, percibió a unos treinta metros una gran loba blanca. En cuanto el animal vio a mi padre, retrocedió lentamente, gruñendo y amenazando. Mi padre lo siguió. El animal no corría, sino que se mantenía siempre a cierta distancia. A mi padre no le gustaba disparar mientras no estuviera seguro de que la bala cumpliera su misión; así continuaron por un tiempo, la loba dejándolo en ocasiones muy atrás, para luego detenerse y desafiarlo con gruñidos, volviendo luego a alejarse con rapidez cuando lo veía acercarse.

Ansioso de mata, ya que es muy raro encontrar un lobo blanco, mi padre mantuvo la persecución por horas, ascendiendo por la montaña. Debes saber, Philip, que en esas montañas hay lugares extraños, a los que se supone y, como mi relato lo probará, con toda razón, habitados por influencias malignas; son lugares muy conocidos por los cazadores. Pues bien, uno de esos lugares, un espacio abierto en el bosque de pinos que estaba arriba de nuestra cabaña, le había sido señalado a mi padre como peligroso en razón de lo expresado. No sé si descreía aquellas historias o si, impulsado por la excitante persecución de la caza, las hizo de lado, pero lo cierto es que la loba blanca lo condujo hasta aquel espacio abierto, y ahí pareció disminuir su velocidad.

Mi padre se acercó, quedó muy próximo a la bestia y se llevó la escopeta al hombro; estaba por disparar cuando la loba desapareció de pronto. Pensando que la nieve lo había engañado, bajó el arma para buscar al animal, pero éste no apareció. Incapaz era mi padre de comprender cómo pudo escapar la loba sin que él la viera. Mortificado por el fracaso estaba por volver sobre sus pasos cuando escuchó el sonido de un cuerno. El pasmo sentido ante aquel sonido, a tal hora, en tal espesura le hizo olvidar por un momento su decepción, y quedó clavado en el lugar. Al minuto se escuchó el cuerno una segunda vez, a menor distancia. Inmóvil permaneció mi padre, escuchando.

Hubo un tercer toque. He olvidado el término empleado para expresarlo, pero era la señal que, bien lo sabía mi padre, indicaba que alguien se encontraba perdido en el bosque. En unos cuantos minutos vio que entraba en el claro un hombre a caballo, con una mujer en la grupa, que se dirigía a él al paso. En un principio en la mente de mi padre vinieron los extraños relatos que había escuchado acerca de los seres sobrenaturales que frecuentaban aquellas montañas. Pero el ver de cerca a quienes venían, lo convenció de que eran tan mortales como él. En cuanto estuvieron a su lado, el hombre que guiaba el caballo le habló. -Amigo cazador, para fortuna nuestra anda tarde por aquí. De lejos venimos cabalgando, y tememos por nuestras vidas, ya que se nos busca con afán. Estas montañas nos permitieron eludir a nuestros perseguidores, pero si no hallamos refugio y alimento, de poco nos valdrá, pues habremos de perecer de hambre y debido a las inclemencias de la noche. Mi hija, que a mis espaldas viene, está más muerta que viva. ¿No podría ayudarnos en nuestras dificultades?

-Mi cabaña se encuentra a unas millas de distancia -respondió mi padre-. Poco tengo que ofrecer, excepto refugio del tiempo. Bienvenidos son a lo poco que poseo. ¿Puedo preguntar de dónde vienen?
-No es ya ningún secreto, amigo. Escapamos de Transilvania, donde el honor de mi hija y mi vida se encontraban por igual en peligro.

Bastó aquella información para despertar el interés en el corazón de mi padre. Recordó también el perdido honor de la esposa y la tragedia con la cual iba unido. De inmediato, y lleno de cordialidad, les ofreció toda ayuda que pudiera darles.

-Entonces, amable caballero, no hay tiempo que perder. Mi hija está congelada por el frío, y no podrá resistir mucho más la severidad del tiempo.
-Síganme -contestó mi padre-. Me trajo hasta aquí la persecución de una gran loba blanca, que vino a la ventana misma de mi cabaña; de otra manera, no hubiera salido a esta hora de la noche.
—Esa criatura pasó a nuestro lado justo cuando salíamos del bosque -dijo la mujer con voz argentina.
-Estuve por dispararle -observó el cazador-. Ya que prestó un servicio tan bueno, me alegro de haberla dejado escapar.

Como en hora y media, tiempo durante el cual mi padre caminó con paso rápido, el grupo llegó a la cabaña y, como dije antes, entró en ella.

-Al parecer, llegamos en el momento propicio -comentó el cazador moreno al captar el olor de la carne asada; acercándose al fuego, nos observó a mis hermanos y a mí-. Tiene usted aquí unos jóvenes cocineros, Meinheer.
-Me alegra que no tengamos que esperar -contestó mi padre-. Señora, siéntese al fuego; necesita usted calor tras esa cabalgata en el frío.
-¿Y dónde puedo guarecer mi caballo, Meinheer? -preguntó el cazador.
-Yo me encargaré de él -respondió mi padre saliendo de la cabaña.

Sin embargo, es necesario describir a la mujer. Era joven, como de unos veinte años. Vestía ropa de viaje, orlada de piel; llevaba en la cabeza un gorro de armiño blanco. Era de facciones hermosas; al menos así me pareció. Tenía un cabello blondo, sedoso, satinado y lustroso como un espejo; su boca, aunque un tanto grande cuando abierta, dejaba ver los dientes más brillantes que haya yo mirado. Algo en sus ojos, refulgentes como eran, puso miedo en nosotros. Eran tan inquietos, tan furtivos. En aquel entonces no pude explicar por qué, pero sentí que había crueldad en ellos. Y cuando nos pidió que nos acercáramos, lo hicimos con miedo y temblando. Pero era hermosa, muy hermosa. Nos habló con amabilidad a mi hermano y a mí, pasándonos la mano por la cabeza y acariciándonos. Marcela no quiso acercarse. Por el contrario, se escurrió hasta la cama, allí se ocultó y no se acordó de la cena, que media hora antes había esperado con tanta ansia.

Pronto regresó mi padre, tras poner el caballo en un cobertizo, y se llevó la comida a la mesa. Terminada la cena, mi padre pidió a la joven que ocupara la cama; él permanecería junto al fuego, en compañía del cazador. Tras cierto titubeo por parte de ella, se aceptó el arreglo; mi hermano y yo nos unimos a Marcela en la otra cama, porque hasta ese momento seguíamos durmiendo juntos. No pudimos dormir. Tan desusado era no sólo el ver extraños, sino el que durmieran en la cabaña, que nos sentíamos perplejos. En cuanto a la pobre Marcela, se mantenía callada, pero toda la noche estuvo temblando y en ocasiones pensé que contenía el llanto. Mi padre había sacado algún licor espirituoso, que rara vez consumía, y junto con el extraño cazador estuvo frente al fuego bebiendo y hablando. Teníamos los oídos prestos a captar el menor susurro, en tal medida se encontraba alertada nuestra curiosidad.

-¿Dice usted que viene de Transilvania? -preguntó mi padre.
-Así es, Meinheer -contestó el cazador-. Era un siervo de la noble casa de... Mi amo insistía en que le satisficiera sus deseos cediéndole a mi hija; terminando todo en que le cedí unas cuantas pulgadas de mi cuchillo de caza.
-Somos compatriotas y hermanos de infortunio -comentó mi padre, tomando la mano del cazador y apretándola con emoción.
-¿Habla en serio? ¿Es usted entonces de ese país?
-Sí, y tuve también que huir para salvar la vida. Pero mi historia es muy triste.
-¿Cómo se llama usted? -inquirió el cazador
-Krantz.
-¡Cómo! ¿Krantz de...? Sé de su historia; no necesita remover dolores repitiéndola. Sea bienvenido, de lo más bienvenido, Meinheer, y, si se me permite decirlo, mi apreciado pariente. Soy Wilfred de Barnsdorf, primo de usted en segundo grado -exclamó el cazador, levantándose y abrazando a mi padre.

Llenaron sus cubiletes de cuerno hasta el borde mismo y bebieron a la salud mutua, al estilo alemán. A partir de allí conversaron en voz baja; lo único que sacamos en claro fue que nuestro pariente y su hija vivirían con nosotros en la cabaña, al menos por un tiempo. Al cabo de una hora se acomodaron en sus sillas y parecieron dormirse.

-Marcela, pequeña, ¿escuchaste? -preguntó mi hermano en voz baja.
-Sí -respondió ella en un susurro-, lo oí todo. ¡Ay, hermano, me es imposible mirar a la mujer... me asusta mucho!

Nada respondió mi hermano y al poco tiempo los tres dormíamos profundamente. Cuando despertamos, encontramos que la hija del cazador se había levantado ya. Me pareció más bella que nunca. Se acercó a Marcela y la acarició: la pequeña rompió en llanto, y sollozaba como si estuviera por despedazársele el corazón. Mas, para no entretenerme con una historia demasiado larga, diré que el cazador y su hija hallaron acomodo en nuestra cabaña. Mi padre y el otro salían de caza a diario, dejando a Cristina con nosotros. Se encargaba ella de todos los quehaceres, y era muy amable con nosotros; poco a poco el rechazo de la pequeña Marcela desapareció. En mi padre ocurrió un enorme cambio: parecía haber dominado su aversión por el otro sexo, y se mostraba de lo más atento con Cristina. A menudo, ya en cama su padre y nosotros, sentábase al fuego junto a ella, y conversaban en voz baja. Debí haber mencionado que mi padre y Wilfred, el cazador, dormían en otra parte de la cabaña; la cama que mi padre ocupaba, situada en la misma habitación que la nuestra, había quedado para uso de Cristina. Llevaban los visitantes unas tres semanas en la cabaña cuando, una noche, hubo una plática. Mi padre había pedido a Cristina en matrimonio, recibiendo consentimiento tanto de ella como de Wilfred. Tras esto, vino una conversación que, hasta donde me es posible recordar, fue así:

-Puede usted casarse con mi hija, Meinheer Krantz, y reciba mi bendición. Me iré entonces y buscaré habitación en algún otro sitio, no importa dónde.
-¿Y por qué no quedarse aquí, Wilfred?
-No, no, me necesitan en otro lugar. Baste con ello, no me haga más preguntas. Tiene usted a mi hija.
-Lo agradezco, y sabré apreciarla. Pero hay una dificultad.
-Sé lo que va a decirme: no hay sacerdote en esta región salvaje. Cierto. Tampoco ley alguna que permita la unión. Pese a ello, debe cumplirse cualquier ceremonia que satisfaga a este padre. ¿Consentirá en casarse con ella de acuerdo con mi deseo? De aceptar, los casaré yo directamente.
-Acepto -respondió mi padre.
-Entonces, tómela de la mano. Y ahora, Meinheer, jure.
-Juro —repitió mi padre.
-Por todos los espíritus de las montañas Hartz...
-¿Y por qué no por el cielo? -interrumpió mi padre.
-Porque no se aviene con mi estado de ánimo -replicó Wilfred-. Si prefiero este juramento, menos constrictivo tal vez que el otro, estoy seguro de que no querrá usted llevarme la contraria.
-Bien, que así sea entonces. Cúmplase su deseo. Pero ¿me hará jurar por algo en lo que no creo?
-Muchos, que por su actitud externa parecen cristianos, lo hacen -replicó Wilfred-. Pero vamos a ver, ¿quiere casarse con mi hija o la llevo conmigo?
-Proceda -contestó mi padre con impaciencia.
-Juro por todos los espíritus de las montañas Hartz, por todo el poder para el bien o para el mal, que tomo a Cristina como mi esposa legal; que la protegeré, apreciaré y amaré siempre; que nunca levantaré mi mano contra ella, para lastimarla.

Mi padre repitió las palabras de Wilfred.

-Y si no cumpliera este voto, que la venganza plena de los espíritus caiga sobre mí y sobre mis hijos; que perezcan a causa del buitre, del lobo o de otras bestias del bosque; que su carne se separe de los huesos y éstos blanqueen en la soledad. Así lo juro.

Mi padre titubeó. Mientras repetía las últimas palabras, la pequeña Marcela no pudo contenerse más y, justo cuando mi padre pronunciaba la última oración, rompió en lágrimas. Esta interrupción súbita pareció perturbar al grupo, y en especial a mi padre, quien habló con dureza a la niña; controló ésta sus sollozos ocultando el rostro bajo la ropa de la cama. Así fue el segundo matrimonio de mi padre. A la mañana siguiente Wilfred el cazador montó a caballo y se fue.

Mi padre volvió a su cama, que estaba en la misma habitación que la nuestra. Las cosas transcurrieron de modo muy parecido a como eran antes del matrimonio, excepto que nuestra madrastra ninguna amabilidad nos mostraba. Por el contrario, durante las ausencias de mi padre solía golpearnos, en especial a la pequeña Marcela; sus ojos despedían fuego cuando miraba con vehemencia a la bella y adorable niña. Una noche mi hermana nos despertó.

-¿Qué sucede? -dijo César.
-Salió -susurró Marcela.
-¡Que salió!
-Sí, por la puerta, en su camisón -contestó la pequeña-. La vi levantarse de la cama, mirar si papá estaba dormido y salir por la puerta.

No comprendíamos qué la había inducido a dejar la cama y, sin vestir, salir con aquel mordiente tiempo invernal, cuando la nieve yacía profunda sobre la tierra. Permanecimos despiertos. Como a la hora escuchamos cerca de la ventana el gruñido de un lobo.

-Hay un lobo -dijo César-. La hará pedazos.
-¡Oh, no! -exclamó Marcela.

Unos minutos después apareció nuestra madrastra. Estaba en camisón, como Marcela había dicho. Bajó la aldaba de la puerta de modo que no hiciera ruido; se acercó a un balde de agua y se lavó la cara y manos; después, se deslizó en la cama donde mi padre dormía. Los tres temblábamos, sin apenas saber por qué; pero resolvimos vigilarla la noche siguiente. Y así lo hicimos. Y no sólo aquélla, sino muchas otras más; y siempre, hacia la misma hora, nuestra madrastra se levantaba de la cama y salía de la cabaña; y una vez ida, invariablemente escuchábamos el gruñir de un lobo bajo nuestra ventana; y cuando ella regresaba, siempre la veíamos lavarse antes de volver a la cama. Observamos, además, que muy rara vez se sentaba a la mesa y, de hacerlo, parecía comer con disgusto. Cuando se descolgaba la carne para prepararla, a menudo, de modo furtivo, llevaba a la boca un trozo crudo.

Mi hermano César era un chico valiente; no quería hablar con mi padre mientras no supiera más. Resolvió, pues, seguirla y descubrir lo que hacía. Marcela y yo luchamos por disuadirlo de su proyecto, pero no pudimos convencerlo y la noche siguiente se acostó vestido; en cuanto nuestra madrastra abandonó la cabaña, César se levantó de un salto y, tomando la escopeta de mi padre, la siguió.

Bien podrás imaginar el estado de ansiedad en que nos vimos Marcela y yo durante la ausencia de César. Al cabo de algunos minutos escuchamos la descarga de una escopeta. Mi padre no despertó y nosotros, acostados, temblábamos de ansiedad. Un minuto después nuestra madrastra entraba en la cabaña, el vestido ensangrentado. Puse la mano sobre la boca de Marcela, para impedir que gritara, aunque yo mismo sentía una gran alarma. Mi madrastra se acercó a la cama de mi padre, miró si estaba dormido y luego, acercándose a la chimenea, sopló sobre las brasas hasta levantar un fuego.

-¿Quién anda allí? -preguntó mi padre despertando.
-Sigue acostado, querido -respondió mi madrastra-, soy yo. No me siento muy bien, y encendí el fuego para calentar un poco de agua.

Mi padre se dio vuelta y pronto estaba dormido; pero nosotros vigilamos a nuestra madrastra. Se cambió de ropa, y lanzó al fuego las prendas que antes llevaba puestas. Vimos entonces que su pierna derecha sangraba profusamente, como si la herida fuera de escopeta. La vendó y, tras vestirse, permaneció ante el fuego hasta romper el día. ¡Pobre Marcela! Su corazón latía con rapidez mientras se acurrucaba a mi lado; a decir verdad, lo mismo ocurría con el mío. ¿Dónde estaba nuestro hermano César? ¿De dónde procedía la herida de nuestra madrastra sino de la escopeta de él? Por fin se levantó mi padre y entonces, por primera vez, hablé:

-Padre, ¿dónde está mi hermano César?
-¿Tu hermano? -exclamó-. Caramba, ¿dónde puede estar?
-¡Cielo santo! Anoche, cuando estaba tan inquieta -observó nuestra madrastra-, creí oír que alguien levantaba la aldaba de la puerta y... ¡Dios me ampare, esposo! ¿Dónde está tu escopeta?

Mi padre volvió los ojos hacia la chimenea y observó que faltaba el arma. Por un momento se le vio perplejo; después, tomando un hacha de hoja ancha, salió de la cabaña sin decir una palabra más. No estuvo alejado de nosotros mucho tiempo; a los pocos minutos regresó, trayendo en los brazos el cuerpo destrozado de mi pobre hermano. Lo puso sobre la cama y le cubrió el rostro. Mi madrastra se levantó y miró el cuerpo, mientras que, gimiendo y sollozando con amargura, Marcela y yo nos colocábamos a su lado.

-Vuelvan a la cama, niños -dijo con brusquedad-. Esposo, el muchacho debió tomar tu escopeta para dispararle a un lobo, y el animal fue demasiado poderoso para él. ¡Pobre chico, pagó caro su atrevimiento! Mi padre no respondió. Yo deseaba hablar, contarlo todo, pero Marcela, al comprender mi intención, me tomó del brazo y me miró tan implorante, que desistí de hacerlo.

Mi padre, por tanto, quedó en su error. Marcela y yo, aunque incapaces de comprenderlo, conscientes estábamos de que nuestra madrastra de alguna manera se relacionaba con la muerte de mi hermano. Aquel día mi padre cavó una fosa; después de colocar en ella el cuerpo, puso encima piedras, de modo que los lobos no pudieran desenterrarlo. El choque producido por aquella catástrofe fue muy severo para mi infeliz padre, quien por varios días abandonó la caza, aunque en ocasiones lanzara contra los lobos amargos anatemas y promesas de venganza. Pero durante esta época de duelo por parte de él continuaron, con la misma regularidad de siempre, las correrías nocturnas de mi madrastra. Por fin mi padre descolgó su escopeta y fue al bosque. Pronto volvió, dando muestras de estar muy molesto.

-¿Querrás creerme, Cristina, que los lobos, ¡maldita sea toda su raza! lograron desenterrar el cuerpo de mi pobre muchacho, y nada queda ahora de él sino los huesos?
-¿En verdad? -preguntó mi madrastra. Marcela me miró, y vi en sus inteligentes ojos todo lo que le hubiera gustado expresar.
-Padre, todas las noches un lobo gruñe bajo nuestra ventana -dije.
-¿Hablas en serio? ¿Y por qué no me lo dijiste, muchacho? Despiértame la próxima vez que lo oigas.

Vi que mi madrastra nos daba la espalda, los ojos fulgurantes de rabia y rechinando los dientes. Mi padre volvió a salir y con un montón mayor de piedras cubrió lo poco que de mi hermano habían dejado los lobos. Ése fue el primer acto de la tragedia. Llegó la primavera. Desapareció la nieve y nos permitieron salir de la cabaña. Pero jamás me apartaba ni por un momento de mi hermana, con quien me sentía más amorosamente unido que nunca desde la muerte de mi hermano. A decir verdad, miedo tenía de dejarla a solas con mi madrastra, quien parecía gozar en especial maltratándola. Mi padre se ocupaba ahora en su pequeño huerto, y pude serle de cierta ayuda. Marcela solía sentarse cerca de nosotros mientras laborábamos, quedando mi madrastra sola en la cabaña. He de comentar que, según avanzaba la primavera, mi madrastra disminuía sus salidas nocturnas, y que ya no escuchamos gruñir al lobo bajo nuestra ventana después de que se lo comentara a mi padre.

Un día en que mi padre y yo nos encontrábamos en el campo, y Marcela con nosotros, mi madrastra vino a decirnos que iba al bosque a reunir algunas hierbas que mi padre deseaba; pidió que Marcela fuera a la cabaña a cuidar de la comida. Así lo hizo mi hermana y pronto mi madrastra desapareció en el bosque, en dirección opuesta a la que se encontraba la cabaña, dejándonos a mi padre y a mí, por así decirlo, entre ella y Marcela.

Como a la hora de esto nos sobresaltaron gritos que venían de la cabaña: sin duda alguna de Marcela. "Marcela se quemó, padre", dije lanzando contra el suelo mi pala. También dejó él la suya y nos apresuramos hacia la cabaña. Antes de que llegáramos a la puerta por ella salió, como una exhalación, una gran loba blanca, que huyó con la mayor rapidez. Mi padre estaba desarmado; entró presuroso a la cabaña y allí encontró a la pobre Marcela agonizante. Tenía el cuerpo horrorosamente destrozado y la sangre que de él fluía había formado un charco enorme en el piso de la cabaña. La primera intención de mi padre había sido tomar la escopeta y salir en persecución del animal, pero aquel espectáculo horrible lo detuvo; hincándose al lado de la moribunda hija, rompió en lágrimas. Marcela no tuvo tiempo sino de mirarlo dulcemente por unos segundos, y luego la muerte le cerró los ojos.

Mi padre y yo seguíamos inclinados sobre el cuerpo de mi pobre hermana cuando entró mi madrastra. Dijo estar sumamente afectada por aquel espectáculo, pero no pareció mostrar repugnancia ante la sangre, como suele suceder con la mayoría de las mujeres.

-¡Pobre pequeña! -dijo-. Debe haber sido esa gran loba blanca que acaba de pasar a mi lado, asustándome tanto. Está muerta, Krantz.
-¡Lo sé! ¡Lo sé! -gritó mi padre con angustia.

Pensé que mi padre nunca se recuperaría de los efectos de esa segunda tragedia. Se lamentó amargamente ante el cuerpo de su querida niña, y por muchos días no quiso llevarlo a su tumba, pese a las frecuentes peticiones de mi madrastra. Al final aceptó hacerlo, y cavó una fosa cerca de la de mi pobre hermano; tomó todas las precauciones necesarias para que los lobos no pudieran violarla. Ahora me sentía en verdad miserable, solo en aquella cama que hasta entonces había compartido con mis hermanos. Me era imposible no pensar que mi madrastra estuviera complicada en ambas muertes, aunque no lograra explicarme cómo. No la temía ya, pues mi corazón estaba lleno de odio y deseo de venganza.

La noche siguiente al entierro de mi hermana, estando despierto, percibí que mi madrastra se levantaba y salía de la cabaña. Esperé un tiempo, me vestí y miré por la puerta, que abrí a medias. La luna brillaba y pude ver el sitio donde mis hermanos habían sido enterrados. ¡Cuál no sería mi horror al descubrir a mi madrastra ocupada en quitar las piedras de la tumba de Marcela! Vestía su camisón blanco y la luna caía plena sobre ella. Cavaba con ambas manos, lanzando tras sí las piedras con la ferocidad de una bestia salvaje. Pasaron unos instantes antes de que volviera yo a mis sentidos y decidiera qué hacer. Noté por fin que había llegado al cuerpo y lo levantaba por un lado de la tumba. No pude soportarlo más; corrí donde mi padre y lo desperté.

-¡Padre, padre -grité-, vístete y toma la escopeta!
-¡Cómo! -exclamó mi padre-. Han llegado los lobos, ¿verdad?

De un salto abandonó la cama, se puso la ropa y, a causa de la ansiedad, no pareció darse cuenta de la ausencia de su mujer. En cuanto estuvo listo abrí la puerta, y salió seguido por mí. Imagina su horror cuando (desprevenido como estaba para tal espectáculo) vio, según avanzaba hacia la tumba, no a un lobo, sino a su esposa que, en camisón, a cuatro patas, inclinada sobre el cuerpo de mi hermana, le arrancaba grandes trozos de carne, que devoraba con toda la avidez de un lobo. Estaba demasiado ensimismada para darse cuenta de nuestra llegada. Mi padre dejó caer la escopeta. Tenía el pelo de punta, al igual que yo; respiraba afanosamente y, por un instante, incluso dejó de hacerlo. Recogí la escopeta y la puse en sus manos. De pronto pareció que una rabia reconcentrada le daba el doble de vigor y, apuntando con el arma, disparó. Con un grito potente, abatida se derrumbó aquella infame que él había cobijado en su pecho.

-¡Dios de los cielos! -exclamó mi padre, cayendo desvanecido sobre la tierra en cuanto descargó la escopeta. Tuve que permanecer por un tiempo a su lado antes de que se recuperara. Dijo entonces-: ¡Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido? ¡Ah, sí... sí, ahora lo recuerdo! ¡Dios me perdone!

Se levantó y nos acercamos a la tumba. Cuál no sería nuestro asombro y horror al encontrar que, en lugar del cadáver de mi madrastra que esperábamos, sobre los restos de mi pobre hermana yacía una gran loba blanca.

-¡La loba blanca! -exclamó mi padre- la loba blanca que me llevó al bosque... Ahora lo comprendo todo... Mi trato ha sido con los espíritus de las montañas Hartz.

Por un tiempo mi padre quedó en silencio y hundido en pensamientos profundos. Luego, con todo cuidado levantó el cuerpo de mi hermana y lo volvió a su tumba, cubriéndolo como la primera vez; había golpeado la cabeza del animal con la punta de su bota y había desvariado como un loco.
Regresó a la cabaña, cerró la puerta y se tiró sobre la cama. Hice lo mismo, pues me encontraba preso de estupor y aturdimiento. Muy temprano por la mañana nos despertó un fuerte llamar a la puerta, y dentro se precipitó Wilfred, el cazador.

-¡Mi hija, mi hija! ¿Dónde está mi hija? -gritó hecho una furia.
-Espero que donde debe estar ese ser desgraciado, ese demonio -contestó mi padre levantándose y mostrando una cólera igual a la del otro-, ¡en el infierno! Abandone esta cabaña si no quiere que le ocurra algo peor que a su hija.
-¡Ajá! -replicó el cazador-, ¿se atrevería a dañar a un espíritu potente de las montañas Hartz? Pobre mortal, que quiso casarse con una mujer loba.
-¡Fuera de aquí, demonio! ¡Te desafío y desafío tu poder!
-Todavía sentirá su fuerza. No olvide su juramento, su voto solemne: jamás levantar la mano contra ella, jamás dañarla.
-Ningún trato hice con espíritus malignos.
-Lo hizo. Y si rompió su juramento, sufrirá la venganza de los espíritus. Sus hijos morirán por el buitre, el lobo...
-¡Fuera, fuera de aquí, demonio!
-...y sus huesos blanquearán en el páramo. ¡Ja, ja!

Frenético de rabia, mi padre tomó el hacha y la levantó sobre la cabeza de Wilfred, para golpearlo.

-Así lo juró -continuó diciendo el cazador con burla.

El hacha descendió. Pero pasó a través de la forma del cazador; perdiendo el equilibrio, mi padre cayó pesadamente al suelo.

-¡Mortal -dijo el cazador librando con una zancada el cuerpo de mi padre-, sólo tenemos poder sobre quienes han cometido un crimen! Culpable eres de un doble crimen: pagarás el castigo que corresponde a tu voto de casamiento. Dos de tus hijos han desaparecido, un tercero está por seguirlos... Pues habrá de seguirlos, ya que tu juramento quedó registrado. Vete. Bondadoso sería matarte, pues tu castigo consiste ¡en quedarte vivo!

Pronunciadas estas palabras, el espíritu desapareció. Mi padre se levantó del piso, me abrazó tiernamente y luego, arrodillándose, rezó. A la mañana siguiente abandonó la cabaña para siempre. Me llevó consigo, encaminando sus pasos a Holanda, donde llegamos sanos y salvos. Le quedaba un poco de dinero. No llevábamos muchos días en Amsterdam cuando lo atacó una fiebre cerebral y murió hundido en una fiera locura. Me llevaron a un asilo y, tiempo después, me enviaron a la mar. Ahora, ya conoces mi historia. La cuestión es ¿pagaré yo el castigo que corresponde al juramento de mi padre? Estoy plenamente convencido de que, de una u otra manera, así ocurrirá.


II.
El vigésimo segundo día las tierras altas del sur de Sumatra quedaron a la vista. Como no vieron buque ninguno, decidieron mantener curso a través de los estrechos y dirigirse a Pulo Penang, donde esperaban llegar en siete u ocho días, dado que el viento favorecía a su velero. Debido a su constante exposición a la intemperie, Philip y Krantz estaban tan bronceados, que sus largas barbas y su ropa de musulmanes fácilmente los habrían hecho pasar por nativos. Habían timoneado durante todos aquellos días bajo un sol quemante, descansando y durmiendo en el frescor de la noche. No por ello había sufrido su salud. Sin embargo, por varios días, a partir de que confiara a Philip la historia de su familia, Krantz se mostró silencioso y melancólico.

Había desaparecido su acostumbrado vigor de ánimo y Philip le preguntó a menudo la causa de aquello. Al entrar en los estrechos, Philip habló de lo que deberían hacer llegando a Goa. Krantz respondió con tono grave:

-Llevo algunos días, Philip, con el presentimiento de que nunca veré esa ciudad.
-Te sientes enfermo, Krantz -respondió Philip.
-No, tengo buena salud, de cuerpo y de espíritu. He procurado librarme de ese presentimiento, pero en vano. Una voz me advierte continuamente que no estaré mucho tiempo a tu lado. Philip, ¿querrías ayudarme complaciéndome en una petición? Tengo en mi persona oro que podría serte de utilidad. Compláceme aceptándolo, guardándolo contigo.
-Vaya tontería, Krantz.
-No son tonterías, Philip. Tú mismo has tenido advertencias, ¿por qué no habría yo de tener las mías? Bien sabes que no es el miedo parte importante de mi carácter, y que no doy importancia a la muerte; pero cada hora siento más fuerte el presentimiento del que te hablo...
-Son imaginaciones de una mente perturbada, Krantz. ¿Por qué no habrías tú, joven, pleno de salud y vigor, de pasar tus días en paz y llegar a una amable vejez? Nada obliga a pensar de otra manera. Mañana te sentirás mejor.
-Tal vez —replicó Krantz—. Sin embargo, cede a mi capricho y toma el oro. Si estoy equivocado y llegamos salvos a Goa, Philip, sabes que puedes devolvérmelo -comentó con sonrisa débil-. Pero olvidas que estamos casi sin agua, y debemos buscar en la costa un riachuelo para reabastecernos.
-En ello pensaba cuando comenzaste con ese tema desagradable. Es mejor que encontremos agua antes del anochecer; en cuanto hayamos llenado las vasijas, nos haremos a la vela de nuevo.

En el momento de ocurrir esta conversación se encontraban en la parte oriental del estrecho, unas cuarenta millas al norte. El interior de la costa era rocoso y montañoso, pero poco a poco fue descendiendo hasta quedar en una tierra llana, en la que alternaban bosques y selvas que llegaban hasta la playa. La región parecía deshabitada. Manteniéndose cerca de la orilla, al cabo de dos horas descubrieron una corriente de agua dulce, que de las montañas se despeñaba en una cascada, corría a través de la selva siguiendo un curso sinuoso y pagaba su tributo a las aguas del estrecho.

Entraron por la desembocadura del río, bajaron las velas e impulsaron la piragua contra la corriente, hasta recorrer trecho suficiente para asegurarse de estar en aguas del todo dulces. Pronto llenaron las vasijas y estaban por volver a zarpar cuando, seducidos por la belleza del lugar y la frescura del agua, así como cansados de su largo confinamiento a bordo de la piragua, decidieron bañarse, lujo que difícilmente sabrán apreciar quienes no se hayan visto en una situación similar. Se quitaron la ropa de musulmanes y se zambulleron en la corriente, donde permanecieron un tiempo. Krantz fue el primero en salir. Se quejó de tener frío y se encaminó a la orilla, donde habían quedado los vestidos. Philip se acercó también a la ribera, con la intención de imitarlo.

-Pues bien, Philip -dijo Krantz-, ésta es una buena oportunidad para darte el dinero. Abriré mi faja, lo sacaré de ella y tú lo pondrás en la tuya.

Philip estaba de pie en el agua que le llegaba a la cintura.

-Bueno, Krantz -dijo-, supongo que si debe ser así, así debe ser. Pero me parece una idea tan ridícula... Sin embargo, sea como quieras.

Philip salió del riachuelo y se sentó junto a Krantz, quien se ocupaba ya de extraer los doblones de los pliegues de su faja. Por fin dijo:

-Creo, Philip, que ya los tienes todos. Me siento satisfecho.
-No concibo en qué peligro puedas verte al que no esté igualmente expuesto yo -contestó Philip-. Sin embargo...

No acababa de expresar estas palabras cuando se escuchó un rugido tremendo, una acometida parecida a un viento poderoso, un golpe que lo lanzó de espaldas, un grito agudo... y una lucha. Al recobrarse, Philip vio que, con la velocidad de una flecha, un enorme tigre se llevaba el desnudo cuerpo de Krantz a través de la selva. Observó todo con ojos desorbitados. En unos cuantos segundos el animal y Krantz habían desaparecido.

-¡Dios de los cielos, debiste ahorrarme este espectáculo! -exclamó Philip, cayendo de bruces a causa de su aflicción-. ¡Oh, Krantz, amigo, hermano, cuán cierto era tu presentimiento! ¡Dios misericordioso, ten piedad!... ¡Hágase pues, tu voluntad! -y Philip rompió en llanto.

Por más de una hora quedó clavado en aquel lugar, ajeno e indiferente a los peligros que lo rodeaban. Finalmente, un tanto recuperado, se levantó, se vistió y volvió a sentarse, los ojos fijos en la ropa de Krantz y en el oro, que seguía sobre la arena.

-Quiso darme ese oro. Presintió su destino. ¡Sí, sí, se trataba de su destino, que ahora se ha cumplido! Y sus huesos blanquearán en el páramo.

Ese cazador fantasma y su lobuna hija han quedado vengados.

Frederick Marryat (1792-1848)

La Marca de la Bestia

La Marca de la Bestia.
The mark of the beast, Rudyard Kipling (1865-1936)

Vuestros dioses y mis dioses... ¿acaso
sabemos, vosotros o yo, quiénes son
más poderosos?
(Proverbio indígena)

Al Este de Suez —dicen algunos— el control de la Providencia termina; el Hombre queda entregado al poder de los Dioses y Demonios de Asia, y la Iglesia de Inglaterra sólo ejerce una supervisión ocasional y moderada en el caso de un súbdito británico. Esta teoría justifica algunos de los horrores más innecesarios de la vida en la India; puede hacerse extensible a mi relato.

Mi amigo Strickland, de la Policía, que sabe más sobre los indígenas de la India de lo que es prudente, puede dar testimonio de la veracidad de los hechos. Dumoise, nuestro doctor, también vio lo que Strickland y yo vimos. Sin embargo, la conclusión que extrae es incorrecta. Él está muerto ahora; murió en circunstancias harto singulares, que han sido descritas en otra parte.

Cuando Fleete llegó a la India poseía un algo de dinero y algunas tierras en el Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharmsala. Ambas propiedades le fueron legadas por un tío, y, de hecho, vino aquí para explotarlas. Era un hombre alto, pesado, afable e inofensivo. Su conocimiento de los indígenas era, naturalmente, limitado, y se quejaba de las dificultades del lenguaje. Bajó a caballo desde sus posesiones en las montañas para pasar el Año Nuevo en la estación y se alojó con Strickland. En Nochevieja se celebró una gran cena en el club, y la velada —como es natural— transcurrió convenientemente regada con alcohol. Cuando se reúnen hombres procedentes de los rincones más apartados del Imperio, existen razones para que se comporten de una forma un tanto bulliciosa. Había bajado de la Frontera un contingente de Catch-'em Alive-O's, hombres que no habían visto veinte rostros blancos durante un año y que estaban acostumbrados a cabalgar veinte millas hasta el Fuerte más cercano, a riesgo de regalar el estómago con una bala Khyberee en lugar de sus bebidas habituales.

Desde luego, se aprovecharon bien de esta nueva situación de seguridad, porque trataron de jugar al billar con un erizo enrollado que encontraron en el jardín, y uno de ellos recorrió la habitación con el marcador entre los dientes. Media docena de plantadores habían llegado del Sur y se dedicaban a engatusar al Mayor Mentiroso de Asia, que intentaba superar todos sus embustes al mismo tiempo. Todo el mundo estaba allí, y allí se dio un estrechamiento de filas general y se hizo recuento de nuestras bajas, en muertos o mutilados, que se habían producido durante el año. Fue una noche muy mojada, y recuerdo que cantamos Auld Lang Syne con los pies en la Copa del Campeonato de Polo, las cabezas entre las estrellas, y que juramos que todos seríamos buenos amigos. Después, algunos partieron y anexionaron Birmania, otros trataron de abrir brecha en el Sudán y sufrieron un descalabro frente a los Fuzzies en aquella cruel refriega de los alrededores de Suakim; algunos obtuvieron medallas y estrellas, otros se casaron, lo que no deja de ser una tontería, y otros hicieron cosas peores, mientras el resto de nosotros permanecimos atados a nuestras cadenas y luchamos por conseguir riquezas a fuerza de experiencias insatisfactorias.

Fleete comenzó la velada con jerez y bitters, bebió champagne a buen ritmo hasta los postres, que fueron acompañados de un capri seco, sin mezclar, tan fuerte y áspero como el whisky; tomó Benedictine con el café, cuatro o cinco whiskys con soda para aumentar su tanteo en el billar, cervezas y dados hasta las dos y media, y acabó con brandy añejo. En consecuencia, cuando salió del club, a las tres y media de la madrugada, bajo una helada, se enfureció con su caballo porque sufría ataques de tos, e intentó subirse a la montura de un salto. El caballo se escapó y se dirigió a los establos, de modo que Strickland y yo formamos una guardia de deshonor para conducirle a casa. El camino atravesaba el bazar, cerca de un pequeño templo consagrado a Hanuman, el Dios-Mono, que es una divinidad principal, digna de respeto. Todos los dioses tienen buenas cualidades, del mismo modo que las tienen todos los sacerdotes. Personalmente le concedo bastante importancia a Hanuman y soy amable con sus adeptos... los grandes monos grises de las montañas. Uno nunca sabe cuando puede necesitar a un amigo. Había luz en el templo, y al pasar junto a él, escuchamos las voces de unos hombres que entonaban himnos. En un templo indígena los sacerdotes se levantan a cualquier hora de la noche para honrar a su dios. Antes de que pudiéramos detenerlo, Fleete subió corriendo las escaleras, propinó unas patadas en el trasero a dos sacerdotes y apagó solemnemente la brasa de su cigarro en la frente de la imagen de piedra roja de Hanuman. Strickland intentó sacarlo a rastras, pero Fleete se sentó y dijo solemnemente:

—¿Veis eso? La marca de la B... bessstia. Yo la he hecho. ¿No es hermosa?

En menos de un minuto el templo se llenó de vida, y Strickland, que sabía lo que sucede cuando se profana a los dioses, declaró que podría ocurrir cualquier desgracia. En virtud de su situación oficial, de su prolongada residencia en el país y de su debilidad por mezclarse con los indígenas, era muy conocido por los sacerdotes y no se sentía feliz. Fleete se había sentado en el suelo y se negaba a moverse. Dijo que el «viejo Hanuman» sería una almohada confortable.

En ese instante, sin previo aviso, un Hombre de Plata salió de un nicho situado detrás de la imagen del dios. Estaba totalmente desnudo, a pesar del frío cortante, y su cuerpo brillaba como plata escarchada, pues era lo que la Biblia llama: un leproso tan blanco como la nieve. Además, no tenía rostro, pues se trataba de un leproso con muchos años de enfermedad y el mal había corrompido su cuerpo. Strickland y yo nos detuvimos para levantar a Fleete, mientras el templo se llenaba a cada instante con una muchedumbre que parecía surgir de las entrañas de la tierra; entonces, el Hombre de Plata se deslizó por debajo de nuestros brazos, produciendo un sonido exactamente igual al maullido de una nutria, se abrazó al cuerpo de Fleete y le golpeó el pecho con la cabeza sin que nos diera tiempo a arrancarle de sus brazos. Después se retiró a un rincón y se sentó, maullando, mientras la multitud bloqueaba las puertas. Los sacerdotes se habían mostrado verdaderamente encolerizados hasta el momento en que el Hombre de Plata tocó a Fleete. Esta extraña caricia pareció tranquilizarlos.

Al cabo de unos minutos, uno de los sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo en perfecto inglés:

-Llévate a tu amigo. El ha terminado con Hanuman, pero Hanuman no ha terminado con él.

La muchedumbre nos abrió paso y sacamos a Fleete al exterior. Strickland estaba muy enfadado. Decía que podían habernos acuchillado a los tres, y que Fleete debía dar gracias a su buena estrella por haber escapado sano y salvo.

Fleete no dio las gracias a nadie. Dijo que quería irse a la cama. Estaba magníficamente borracho. Continuamos nuestro camino; Strickland caminaba silencioso y airado, hasta que Fleete cayó presa de un acceso de estremecimientos y sudores. Dijo que los olores del bazar eran insoportables, y se preguntó por qué demonios autorizaban el establecimiento de esos mataderos tan cerca de las residencias de los ingleses.

-¿Es que no sentís el olor de la sangre? —dijo.

Por fin conseguimos meterle en la cama, justo en el momento en que despuntaba la aurora, y Strickland me invitó a tomar otro whisky con soda. Mientras bebíamos, me habló de lo sucedido en el templo y admitió que le había dejado completamente desconcertado. Strickland detestaba que le engañaran los indígenas, porque su ocupación en la vida consistía en dominarlos con sus propias armas. No había logrado todavía tal cosa, pero es posible que en quince o veinte años obtenga algunos pequeños progresos.

-Podrían habernos destrozado -dijo-, en lugar de ponerse a maullar. Me pregunto qué es lo que pretendían. No me gusta nada este asunto. Yo dije que el Consejo Director del Templo entablaría una demanda criminal contra nosotros por insultos a su religión. En el Código Penal indio existe un artículo que contempla precisamente la ofensa cometida por Fleete. Strickland dijo que esperaba y rogaba que lo hicieran así. Antes de salir eché un vistazo al cuarto de Fleete y le vi tumbado sobre el costado derecho, rascándose el pecho izquierdo. Por fin, a las siete en punto de la mañana, me fui a la cama, frío, deprimido y de mal humor.

A la una bajé a casa de Strickland para interesarme por el estado de la cabeza de Fleete. Me imaginaba que tendría una resaca espantosa. Su buen humor le había abandonado, pues estaba insultando al cocinero porque no le había servido la chuleta poco hecha. Un hombre capaz de comer carne cruda después de una noche de borrachera es una curiosidad de la naturaleza. Se lo dije a Fleete y él se echó a reír:

-Criáis extraños mosquitos en estos parajes -dijo-. Me han devorado vivo, pero sólo en una parte.
-Déjame echar un vistazo a la picadura -dijo Strickland-. Es posible que haya bajado desde esta mañana.

Mientras se preparaban las chuletas, Fleete abrió su camisa y nos enseñó, justamente bajo el pecho izquierdo, una marca, una reproducción perfecta de los rosetones negros (las cinco o seis manchas irregulares ordenadas en círculo) que se ven en la piel de un leopardo. Strickland la examinó y dijo:

-Esta mañana era de color rosa. Ahora se ha vuelto negra.
Fleete corrió hacia un espejo.
-¡Por Júpiter! -dijo-. Esto es horrible. ¿Qué es?

No pudimos contestarle. En ese momento llegaron las chuletas, sangrientas y jugosas, y Fleete devoró tres de la manera más repugnante. Masticaba sólo con las muelas de la derecha y ladeaba la cabeza sobre el hombro derecho al tiempo que desgarraba la carne. Cuando terminó, se dio cuenta de lo extraño de su conducta, pues dijo a manera de excusa:

-Creo que no he sentido tanta hambre en mi vida.
Después del desayuno, Strickland me dijo:
-No te vayas. Quédate aquí; quédate esta noche.

Como mi casa se encontraba a menos de tres millas de la de Strickland, esta petición me parecía absurda. Pero Strickland insistió, y se disponía a decirme algo, cuando Fleete nos interrumpió declarando con aire avergonzado que se sentía hambriento otra vez. Strickland envió un hombre a mi casa para que me trajeran la ropa de cama y un caballo, y bajamos los tres a los establos para matar el tiempo. El hombre que siente debilidad por los caballos jamás se cansa de contemplarlos; y cuando dos hombres que comparten esta debilidad están dispuestos a matar el tiempo de esta manera, intercambiarán a buen seguro una importante cantidad de conocimientos y mentiras.

Había cinco caballos en los establos, y jamás olvidaré la escena que se produjo cuando los examinarlos. Se habían vuelto locos. Se encabritaron y relincharon, y estuvieron a punto de romper las cercas; sudaban, temblaban, echaban espumarajos por la boca y parecían enloquecidos de terror. Los caballos de Strickland le conocían tan bien como sus perros, lo que hacía el suceso aún más extraño. Salimos del establo por miedo de que los animales se precipitaran sobre nosotros en su pánico. Entonces Strickland volvió sobre sus pasos y me llamó. Los caballos estaban asustados todavía, pero nos dieron muestras de cariño y nos permitieron acariciarles, e incluso apoyaron sus cabezas sobre nuestros pechos.

-No tienen miedo de nosotros -dijo Strickland-. ¿Sabes? Daría la paga de tres meses por que Outrage pudiera hablar en este momento.

Pero Outrage permanecía mudo, y se contentaba con arrimarse amorosamente a su amo y resoplar por el hocico, como suelen hacer los caballos cuando quieren decir algo. Fleete vino hacia nosotros mientras estábamos en las caballerizas, y en cuanto le vieron los caballos, el estallido de terror se repitió con renovadas fuerzas. Todo lo que pudimos hacer fue escapar de allí sin recibir ninguna coz. Strickland dijo:

-No parece que te aprecien demasiado, Fleete.
-Tonterías. -dijo Fleete- Mi yegua me seguirá como un perro.

Se dirigió hacia ella, que ocupaba una cuadra separada; pero en el momento en que descorrió la tranca de la cerca, la yegua saltó sobre él, le derribó y salió al galope por el jardín. Yo me eché a reír, pero Strickland no lo encontraba nada divertido. Se llevó los dedos al bigote y tiró de él con tanta fuerza que estuvo a punto de arrancárselo. Fleete, en lugar de salir corriendo detrás de su propiedad, bostezó y dijo que tenía sueño. Después fue a la casa para acostarse, una estúpida manera de pasar el día de Año Nuevo. Strickland se sentó a mi lado en los establos y me preguntó si había advertido algo extraño en los modales de Fleete. Le contesté que comía como una bestia, pero que este hecho podía ser una consecuencia de su vida solitaria en las montañas, apartado de una sociedad tan refinada y superior como la nuestra, por poner un ejemplo. Strickland seguía sin encontrarlo divertido. No creo que me escuchara siquiera, porque su siguiente frase aludía a la marca sobre el pecho de Fleete, y afirmó que podía haber sido causada por moscas vesicantes, a menos que fuera una marca de nacimiento que se hiciera visible ahora por primera vez. Estuvimos de acuerdo en que no era agradable a la vista, y Strickland aprovechó la ocasión para decirme que yo era un ingenuo.

-No puedo explicarte lo que pienso en este momento, -dijo- porque me tomarías por loco; pero es necesario que te quedes conmigo unos días, si es posible. Necesito tu ayuda para vigilar a Fleete, pero no me digas lo que piensas hasta que haya llegado a una conclusión.
-Pero tengo que cenar fuera esta noche -dije.
-Yo también, -dijo Strickland- y Fleete. A menos que haya cambiado de opinión.

Salimos a dar un paseo por el jardín, fumando, pero sin decir nada hasta que terminamos nuestras pipas. Después fuimos a despertar a Fleete. Estaba ya levantado y se paseaba nervioso por la habitación.

-Quiero más chuletas. -dijo- ¿Puedo conseguirlas?
Nos reímos y dijimos:
-Ve a cambiarte. Los caballos estarán preparados en un minuto.
-Muy bien. -dijo Fleete- Iré cuando me hayan servido las chuletas... poco hechas, si es posible.

Parecía decirlo serio. Eran las cuatro en punto y habíamos desayunado a la una; durante un buen rato reclamó aquellas chuletas poco hechas. Después se puso las ropas de montar a caballo y salió a la terraza. Su yegua no le dejó acercarse. Los tres animales se mostraban intratables y finalmente Fleete dijo que se quedaría en casa y que pediría algo de comer. Strickland y yo salimos a montar a caballo, confusos. Al pasar por el templo de Hanuman, el Hombre de Plata salió y maulló a nuestras espaldas.

-No es uno de los sacerdotes regulares del templo. -dijo Strickland- Creo que me gustaría ponerle las manos encima.

No hubo saltos en nuestra galopada por el hipódromo aquella tarde. Los caballos estaban cansados y se movían como si hubieran participado en una carrera.

-El miedo que han pasado después del desayuno no les ha sentado nada bien. -dijo Strickland.
Ése fue el único comentario que hizo durante el resto del paseo. Una o dos veces, creo, juró para sus adentros; pero eso no cuenta. Regresamos a las siete. Había anochecido ya y no se veía ninguna luz en el bungalow.

-¡Qué descuidados son los bribones de mis sirvientes! -dijo Strickland.
Mi caballo se espantó con algo que había en el paseo de coches, y, de pronto, Fleete apareció bajo su hocico.
-¿Qué estás haciendo, arrastrándote por el jardín? -dijo Strickland.

Pero los dos caballos se encabritaron y casi nos tiraron al suelo. Desmontamos en los establos y regresamos con Fleete, que se encontraba a cuatro patas bajo los arbustos.

-¿Qué demonios te pasa? -dijo Strickland.
-Nada, nada en absoluto. -dijo Fleete, muy deprisa y con voz apagada- He estado practicando jardinería, estudiando botánica, ¿sabéis? El olor de la tierra es delicioso. Creo que voy a dar un paseo, un largo paseo... toda la noche.

Me di cuenta entonces de que había algo demasiado extraño en todo esto y le dije a Strickland:

-No cenaré fuera esta noche.
-¡Dios te bendiga! -dijo Strickland- Vamos, Fleete, levántate. Cogerás fiebre aquí fuera. Ven a cenar, y encendamos las luces. Cenaremos todos en casa.

Fleete se levantó de mala gana y dijo:

-Nada de lámparas... nada de lámparas. Es mucho mejor aquí. Cenemos en el exterior, y pidamos algunas chuletas más... muchas chuletas, y poco hechas... sangrientas y con cartílago.

Una noche de diciembre en el norte de la India es implacablemente fría, y la proposición de Fleete era la de un demente.

-Vamos adentro. -dijo Strickland con severidad- Vamos adentro inmediatamente.

Fleete entró, y cuando las lámparas fueron encendidas, vimos que estaba literalmente cubierto de barro, de la cabeza a los pies. Debía de haber estado rodando por el jardín. Se asustó de la luz y se retiró a su habitación. Sus ojos eran horribles de contemplar. Había una luz verde detrás de ellos, no en ellos, si puedo expresarlo así, y el labio inferior le colgaba con flaccidez. Strickland dijo:

-Creo que vamos a tener problemas... grandes problemas... esta noche. No te cambies tus ropas de montar.

Esperamos y esperamos a que Fleete volviera a aparecer, y durante ese tiempo ordenamos que trajeran la cena. Pudimos oírle ir y venir por su habitación, pero no había encendida ninguna luz allí. De pronto, surgió de la habitación el prolongado aullido de un lobo. La gente escribe y habla a la ligera de sangre que se hiela y de cabellos erizados, y otras cosas del mismo tipo. Ambas sensaciones son demasiado horribles para tratarlas con frivolidad. Mi corazón dejó de latir, como si hubiera sido traspasado por un cuchillo, y Strickland se puso tan blanco como el mantel. El aullido se repitió y, a lo lejos, a través de los campos, otro aullido le respondió.

Esto alcanzó la cima del horror. Strickland se precipitó en el cuarto de Fleete. Yo le seguí; entonces vimos a Fleete a punto de saltar por la ventana. Producía sonidos bestiales desde el fondo de la garganta. Era incapaz de respondernos cuando le gritamos. Escupía.

Apenas recuerdo lo que sucedió a continuación, pero creo que Strickland debió de aturdirle con el sacabotas, de lo contrario, no habría sido capaz de sentarme sobre su pecho. Fleete no podía hablar, tan sólo gruñía, y sus gruñidos eran los de un lobo, no los de un hombre. Su espíritu humano debía de haber escapado durante el día y muerto a la caída de la noche. Estábamos tratando con una bestia, una bestia que alguna vez había sido Fleete. El suceso se situaba más allá de cualquier experiencia humana y racional. Intenté pronunciar la palabra Hidrofobia, pero la palabra se negaba a salir de mis labios, pues sabía que estaba engañándome. Amarramos a la bestia con las correas de cuero; atamos juntos los pulgares de las manos y los pies, y le amordazamos. Después lo transportamos al comedor y enviamos un hombre para que buscara a Dumoise, el doctor, y le dijera que viniese inmediatamente. Una vez que hubimos despachado al mensajero y tomado aliento, Strickland dijo:

-No servirá de nada. Éste no es un caso para un médico.
Yo sospechaba que estaba en lo cierto.

La cabeza de la bestia se encontraba libre y la agitaba de un lado a otro. Si una persona hubiera entrado a la habitación en ese momento, podría haber creído que estábamos curando una piel de lobo. Ése era el detalle más repugnante de todos.

Strickland se sentó con la barbilla apoyada en el puño, contemplando cómo se retorcía la bestia en el suelo, pero sin decir nada. La camisa había sido desgarrada en la refriega y ahora aparecía la marca negra en forma de roseta en el pecho izquierdo. Sobresalía como una ampolla. En el silencio de la espera escuchamos algo, en el exterior, que maullaba como una nutria hembra. Ambos nos incorporamos, y yo me sentí enfermo, real y físicamente enfermo. Nos convencimos el uno al otro de que se trataba del gato.

Llegó Dumoise, y nunca había visto a este hombre mostrar una sorpresa tan poco profesional. Dijo que era un caso angustioso de hidrofobia y que no había nada que hacer. Cualquier medida paliativa no conseguiría más que prolongar la agonía. La bestia echaba espumarajos por la boca. Fleete, como le dijimos a Dumoise, había sido mordido por perros una o dos veces. Cualquier hombre que posea media docena de terriers debe esperar un mordisco un día u otro. Dumoise no podía ofrecernos ninguna ayuda. Sólo podía certificar que Fleete estaba muriendo de hidrofobia.

La bestia aullaba en ese momento, pues se las había arreglado para escupir el calzador. Dumoise dijo que estaría preparado para certificar la causa de la muerte, y que el desenlace final estaba cercano. Era un buen hombre, y se ofreció para permanecer con nosotros; pero Strickland rechazó este gesto de amabilidad. No quería envenenarle el día de Año Nuevo a Dumoise. Unicamente le pidió que no hiciera pública la causa real de la muerte de Fleete. Así pues, Dumoise se marchó profundamente alterado; y tan pronto como se apagó el ruido de las ruedas de su coche, Strickland me reveló, en un susurro, sus sospechas. Eran tan fantásticamente improbables que no se atrevía a formularlas en voz alta; y yo, que compartía las sospechas de Strickland, estaba tan avergonzado de haberlas concebido que pretendí mostrarme incrédulo.

-Incluso en el caso de que el Hombre de Plata hubiera hechizado a Fleete por mancillar la imagen de Hanuman, el castigo no habría surtido efecto de forma tan fulminante.

Según murmuraba estas palabras, el grito procedente del exterior de la casa se elevó de nuevo, y la bestia cayó otra vez presa de un paroxismo de estremecimientos, que nos hizo temer que las correas que le sujetaban no resistieran.

-¡Espera! -dijo Strickland- Si esto sucede seis veces, me tomaré la justicia por mi mano. Te ordeno que me ayudes.

Entró en su habitación y regresó en unos minutos con los cañones de una vieja escopeta, un trozo de sedal de pescar, una cuerda gruesa y el pesado armazón de su cama. Le informé de que las convulsiones habían seguido al grito en dos segundos en cada ocasión y que la bestia estaba cada vez más débil.

-¡Pero él no puede quitarle la vida! -murmuró Strickland- ¡No puede quitarle la vida!
Yo dije, aunque sabía que estaba arguyendo contra mi mismo:
—Tal vez sea un gato. Si el Hombre de Plata es el responsable, ¿por qué no se atreve a venir aquí?

Strickland atizó los trozos de madera de la chimenea, colocó los cañones de la escopeta entre las brasas, extendió el bramante sobre la mesa y rompió un bastón en dos. Había una yarda de hilo de pescar, ató los dos extremos en un lazo. Entonces dijo:

-¿Cómo podemos capturarlo? Debemos atraparlo vivo y sin dañarlo.

Yo respondí que debíamos confiar en la Providencia y avanzar sigilosamente entre los arbustos de la parte delantera de la casa. El hombre o animal que producía los gritos estaba, evidentemente, moviéndose alrededor de la casa con la regularidad de un vigilante nocturno. Podíamos esperar en los arbustos hasta que se aproximara y dejarlo sin sentido. Strickland aceptó esta sugerencia; nos deslizamos por una ventana del cuarto de baño a la terraza, cruzamos el camino de coches y nos internamos en la maleza.

A la luz de la luna pudimos ver al leproso, que daba la vuelta por la esquina de la casa. Estaba totalmente desnudo, y de vez en cuando maullaba y se paraba a bailar con su sombra. Realmente era una visión muy poco atractiva y, pensando en el pobre Fleete, reducido a tal degradación por un ser tan abyecto, abandoné todos mis escrúpulos y resolví ayudar a Strickland: desde los ardientes cañones de la escopeta hasta el lazo de bramante —desde los riñones hasta la cabeza y de la cabeza a los riñones—, con todas las torturas que fueran necesarias.

El leproso se paró un momento enfrente del porche y nos abalanzamos sobre él. Era sorprendentemente fuerte y temimos que pudiera escapar o que resultase fatalmente herido antes de capturarlo. Teníamos la idea de que los leprosos eran criaturas frágiles, pero quedó demostrado que tal idea era errónea. Strickland le golpeó en las piernas, haciéndole perder el equilibrio, y yo le puse el pie en el cuello. Maulló espantosamente, e incluso, a través de mis botas de montar, podía sentir que su carne no era la carne de un hombre sano. El leproso intentaba golpearnos con los muñones de las manos y los pies. Pasamos el látigo de los perros alrededor de él, bajo las axilas, y le arrastramos hasta el recibidor y después hasta el comedor, donde yacía la bestia. Allí le atamos con correas de maleta. No hizo tentativas de escapar, pero maullaba. La escena que sucedió cuando le confrontamos con la bestia sobrepasa toda descripción. La bestia se retorció en un arco, como si hubiera sido envenenada con estricnina, y gimió de la forma más lastimosa. Sucedieron otras muchas cosas, pero no pueden ser relatadas aquí.

-Creo que tenía razón. -dijo Strickland- Ahora le pediremos que ponga fin a este asunto.

Pero el leproso solo maullaba. Strickland se enrolló una toalla en la mano y sacó los cañones de la escopeta de fuego. Yo hice pasar la mitad del bastón a través del nudo del hilo de pescar y amarré al leproso al armazón de la cama. Comprendí entonces cómo pueden soportar los hombres, las mujeres y los niños el espectáculo de ver arder a una bruja viva; porque la bestia gemía en el suelo, y aunque el Hombre de Plata no tenía rostro, se podían ver los horribles sentimientos que pasaban a través de la losa que tenía en lugar de cara, exactamente como las ondas de calor pasan a través del metal al rojo vivo... como los cañones de la escopeta, por ejemplo.

Strickland se tapó los ojos con las manos durante unos instantes y comenzamos a trabajar. Esta parte no debe ser impresa.

Comenzaba a romper la aurora cuando el leproso habló. Sus maullidos no nos habían satisfecho. La bestia se había debilitado y la casa estaba en completo silencio. Desatamos al leproso y le dijimos que expulsara al espíritu maléfico. Se arrastró al lado de la bestia y puso su mano sobre el pecho izquierdo. Eso fue todo. Después cayó de cara contra el suelo y gimió, aspirando aire de forma convulsiva. Observamos la cara de la bestia y vimos que el alma de Fleete regresaba a sus ojos. Después, el sudor bañó su frente, y sus ojos se cerraron. Esperamos durante una hora, pero Fleete continuaba durmiendo. Le llevamos a su habitación y ordenamos al leproso que se fuera, dándole el armazón de la cama, la sábana para que cubriera su desnudez, los guantes y las toallas con las que le habíamos tocado, y el látigo que había rodeado su cuerpo. El leproso se envolvió con la sábana y salió a la temprana mañana sin hablar ni maullar. Strickland se enjugó la cara y se sentó. Un gong nocturno, a lo lejos, en la ciudad, marcó las siete.

-¡Veinticuatro horas exactamente! -dijo Strickland- Y yo he hecho suficientes méritos para asegurar mi destitución del servicio, sin contar mi internamiento a perpetuidad en un asilo para dementes. ¿Crees que estamos despiertos?

Los cañones al rojo vivo de la escopeta habían caído al suelo y estaban chamuscando la alfombra. El olor era completamente real. Aquella mañana, a las once, fuimos a despertar a Fleete. Lo examinamos y vimos que la roseta negra de leopardo había desaparecido de su pecho. Parecía soñoliento y cansado, pero tan pronto como nos vio dijo:

-¡Oh! ¡El diablo los lleve, amigos! Feliz Año Nuevo. No mezcléis jamás vuestras bebidas. Estoy medio muerto.
-Gracias por tus buenos deseos, pero vas un poco atrasado. -dijo Strickland- Estamos en la mañana del dos de enero. Has estado durmiendo mientras el reloj daba una vuelta completa.

La puerta se abrió, y el pequeño Dumoise asomó la cabeza. Había venido a pie, y se imaginaba que estábamos amortajando a Fleete.

-He traído una enfermera. -dijo Dumoise- Supongo que puede entrar para... para lo que sea necesario.
-¡Claro que sí! -dijo Fleete, con alegría- Tráenos a tus enfermeras.

Dumoise enmudeció. Strickland lo sacó fuera de la habitación y le explicó que debía de haber habido un error en el diagnóstico. Dumoise permaneció mudo y abandonó la casa precipitadamente. Consideraba que su reputación profesional había sido injuriada y se inclinaba a tomar la recuperación como una afrenta personal. Strickland salió también. Al regresar dijo que había sido convocado al Templo de Hanuman para ofrecer una reparación por la ofensa infligida al dios, y que le habían asegurado solemnemente que ningún hombre blanco había tocado jamás al ídolo, y que Fleete era una encarnación de todas las virtudes equivocadas.

-¿Qué piensas? -dijo Strickland.
Contesté:
-Hay más cosas...

Pero Strickland odiaba esta frase. Dijo que yo la había gastado de tanto usarla. Sucedió otra cosa bastante curiosa, que llegó a causarme tanto miedo como los peores momentos de aquella noche. Cuando Fleete terminó de vestirse, entró en el comedor y olfateó. Tenía una manera un tanto singular de mover la nariz cuando olfateaba.

-¡Qué horrible olor a perro hay aquí! -dijo- Realmente deberías tener esos terriers en mejor estado. Inténtalo con azufre, Strick.

Pero Strickland no respondió. Se agarró al respaldo de una silla y, sin previo aviso, cayó presa de un sorprendente ataque de histeria. En ese momento me vino a la cabeza la idea de que nosotros habíamos luchado por el alma de Fleete contra el Hombre de Plata en esa misma habitación, y que nos habíamos deshonrado para siempre como ingleses, y entonces me eché a reír, a jadear y gorgotear tan vergonzosamente como Strickland, mientras Fleete creía que nos habíamos vuelto locos. Jamás le contamos lo que había sucedido. Algunos años después, cuando Strickland se había casado y era un miembro de la sociedad que asistía a los actos religiosos para complacer a su mujer, examinamos el incidente de nuevo, desapasionadamente, y Strickland me sugirió que podía hacerlo público. Por lo que a mí se refiere, no veo que este paso sea apropiado para resolver el misterio; porque, en primer lugar, nadie dará crédito a esta historia tan desagradable, y, en segundo lugar, todo hombre de bien sabe perfectamente que los dioses de los paganos son de piedra y bronce, y que cualquier intento de tratarlos de otra manera será justamente condenado.

Rudyard Kipling (1865-1936)